Las herramientas de la mente
Toda tecnología es expresión de la voluntad humana. Con nuestras herramientas
buscamos ampliar nuestro poder y control sobre nuestra circunstancia—sobre la
naturaleza, sobre el tiempo y la distancia, sobre el prójimo—. Nuestras
tecnologías se pueden dividir, a grandes rasgos, en cuatro categorías, según su
forma de complementar o ampliar nuestras capacidades innatas. Un primer
conjunto, que abarca el arado, la aguja de zurcir y el avión de combate, aumenta
nuestra fuerza y resistencia físicas, nuestra destreza y nuestra capacidad de
recuperación. Un segundo grupo, que incluye el microscopio, el amplificador y el
contador geiger, extiende el alcance o la sensibilidad de nuestros sentidos. Un
tercer grupo, que abarca tecnologías como el embalse hidráulico, la píldora
anticonceptiva y la planta de maíz genéticamente modificada, nos permite
remodelar la naturaleza para servir mejor a nuestras necesidades o deseos.
El mapa y el reloj pertenecen a la cuarta categoría, la que podríamos
llamar, por usar un término utilizado en sentido ligeramente diferente
por el antropólogo Jack Coody y el sociólogo Daniel Bell, «tecnologías
intelectuales». Estas incluyen todas las herramientas que utilizamos
para ampliar o apoyar nuestra capacidad mental: para encontrar y
clasificar la información, para formular y articular ideas, para
compartir métodos y conocimientos, para tomar medidas y realizar
cálculos, para ampliar la capacidad de nuestra memoria. La máquina de
escribir es una tecnología intelectual. Lo mismo ocurre con el ábaco y
la regla de cálculo, el sextante y el globo terráqueo, el libro y el
periódico, la escuela y la biblioteca, la computadora e Internet. Aunque
el uso de cualquier tipo de herramienta puede influir en nuestros
pensamientos y perspectivas—el arado cambió la perspectiva del
agricultor, el microscopio abrió nuevos mundos a la exploración mental
de los científicos—, nuestras tecnologías intelectuales ejercen el poder
más grande y duradero sobre qué y cómo pensamos. Son nuestras
herramientas más íntimas, las que utilizamos para la auto expresión,
para dar forma a la identidad personal y pública, para cultivar nuestras
relaciones con los demás.
Lo que Nietzsche sintió al teclear sus palabras sobre el papel sujeto en
su máquina de escribir —que las herramientas que usamos para escribir,
leer y manipular la información trabajan nuestra mente tanto como
nuestra mente trabaja con ellas—es un tema clave de nuestra historia
intelectual y cultural (como ejemplifican las historias del mapa y el
reloj mecánico), las tecnologías intelectuales, cuando alcanzan un uso
generalizado, a menudo fomentan nuevas formas de pensar o extienden a la
población en general formas establecidas de pensamiento que antes se
habían limitado a una pequeña elite. Toda tecnología intelectual, por
decirlo de otra manera, encarna una ética intelectual, un conjunto de
supuestos acerca de cómo funciona o debería funcionar la mente humana.
El mapa y el reloj compartían una ética similar. Ambos ponían un nuevo
énfasis en la medición y la abstracción, en la percepción y la
definición de formas y procesos, que iban más allá de lo evidente a los
sentidos.
La ética intelectual de una tecnología rara vez es reconocida por sus
inventores. Por lo general están tan concentrados en resolver un
problema particular o desenredar algunos espinosos dilemas científicos o
de ingeniería, que no ven las consecuencias más amplias de su trabajo.
Los usuarios de la tecnología también son generalmente ajenos a su
ética. También ellos están más centrados en los beneficios prácticos que
adquieren al emplear la herramienta. Nuestros antepasados no
desarrollaron o utilizaron los mapas con el fin de aumentar su capacidad
de pensamiento conceptual o de sacar a la luz las estructuras ocultas
del mundo. Tampoco fabricaron relojes mecánicos para estimular la
adopción de un modo más científico de pensar. Esos fueron subproductos
de sus tecnologías. Pero ¡Menudos subproductos! En última instancia, la
ética intelectual de una invención es lo que surte el efecto más
profundo sobre nosotros. La ética intelectual es el mensaje que
transmite una herramienta o medio a las mentes y la cultura de sus
usuarios.
Durante siglos, historiadores y filósofos han trazado y debatido el
papel de la tecnología en la formación de la civilización. Algunos han
identificado en ella lo que el sociólogo Thorstein Veblen denominaba
«determinismo tecnológico», argumentando que el progreso tecnológico,
que ellos veían como fuerza autónoma externa al control del hombre, ha
sido el principal factor que determina el curso de la historia humana.
Karl Marx dio voz a este punto de vista cuando escribió; «El molino de
viento produce una sociedad con señores feudales; el telar de vapor
produce una sociedad con capitalismo industrial». Ralph Waldo Emerson
fue más delicado: «Las cosas están en la silla / donde la humanidad
cabalga». En la expresión más extrema de esta visión determinista, los
seres: humanos se convierten en poco más que «órganos sexuales de un
mundo mecanizado», como memorablemente escribió McLuhan en el capítulo
sobre el amante de los artilugios de "Comprender los medios de
comunicación". Nuestra función esencial es producir máquinas cada vez
más sofisticadas —«fecundar» a las máquinas como las abejas fecundan a
las plantas- hasta que la tecnología haya desarrollado la
capacidad de reproducirse por sí misma. En ese momento, llegamos a ser
prescindibles.
En el otro extremo del espectro están los instrumentalistas, personas
que, como David Sarnoff, minimizan el poder de la tecnología, en la
creencia de que las herramientas son artefactos neutrales, totalmente
subordinados a los deseos conscientes de sus usuarios. Nuestros
instrumentos son los medios que usamos para lograr nuestros fines, y
como tales, carecen de fines propios. El instrumentalismo es la opinión
más extendida sobre la tecnología, entre otras cosas porque es la
opinión que preferiríamos ver confirmada. La idea de que estamos de
alguna manera controlados por nuestras herramientas es anatema para la
mayoría de la gente. «La tecnología es tecnología —declaró el crítico de
medios de comunicación James Carey—; es un medio de comunicación y
transporte en el espacio y nada más».
El debate entre deterministas e instrumentalistas es esclarecedor. Ambas
partes esgrimen argumentos de peso. Si nos fijamos en una determinada
tecnología en un momento dado, ciertamente parece que, como aseguran los
instrumentalistas, nuestras herramientas están firmemente bajo nuestro
control. Todos los días cada uno de nosotros debe tomar decisiones
conscientes sobre qué herramientas usar y cómo. También las sociedades
adoptan decisiones deliberadas acerca de cómo implementar diferentes
tecnologías. Los japoneses, para conservar la cultura samurai
tradicional, prohibieron el uso de armas de luego en su país durante dos
siglos. Algunas comunidades religiosas, como las viejas comunidades
amish que viven en Norteamérica, rechazan los coches de motor y otras
tecnologías modernas. Todos los países imponen restricciones legales o
de otro tipo sobre el uso de ciertas herramientas.
Pero si uno adopta una perspectiva histórica o social más amplia, los
postulados deterministas ganan credibilidad. Que individuos y
comunidades puedan adoptar decisiones muy diferentes acerca de las
herramientas que utilizan no significa que, como especie, hayamos
ejercido mucho control sobre el rumbo o el ritmo del progreso
tecnológico. Cuesta mucho sostener el argumento de que «elegimos» usar
mapas y relojes (como si alguien hubiera podido optar por no hacerlo).
Aún más difícil resulta aceptar que «elegimos» los efectos secundarlos
de gran cantidad de esas tecnologías, muchos de los cuales, como hemos
visto, resultaban totalmente inesperados cuando las tecnologías se
empezaron a usar. «Si algo demuestra nuestra experiencia de la sociedad
moderna —observa el politólogo Langdon Winner— es que las tecnologías no
son sólo ayudas a la actividad humana, sino también fuerzas poderosas
que actúan para cambiar la forma de esa actividad y su significado». Aun
cuando rara vez seamos conscientes de esta realidad, muchas rutinas de
nuestra vida siguen caminos establecidos por tecnologías que se
empezaron a usar mucho antes de que naciéramos. Es una exageración decir
que la tecnología avanza de forma autónoma —nuestra adopción y uso de
herramientas están muy influenciados por consideraciones económicas,
políticas y demográficas—, pero no es descabellado decir que el progreso
tiene su propia lógica, y que ésta no siempre es coherente con las
intenciones o deseos de los fabricantes y los usuarios de la
herramienta. A veces nuestras herramientas hacen lo que le decimos.
Otras somos nosotros quienes nos adaptamos a las necesidades de nuestros
instrumentos.
El conflicto entre deterministas e instrumentalistas nunca se resolverá.
Después de todo, se trata de dos puntos de vista radicalmente diferentes
sobre la naturaleza y el destino de la humanidad. El debate atañe tanto
a la fe como a la razón. Pero hay una cosa en la que deterministas e
instrumentalistas se ponen de acuerdo: los avances tecnológicos a menudo
marcan puntos de inflexión en la historia. Las nuevas herramientas para
la caza y la agricultura trajeron consigo cambios en los patrones de
crecimiento de la población, los asentamientos y el trabajo. Los nuevos
medios de transporte expandieron y reorganizaron el comercio. Los nuevos
armamentos alteraron el equilibrio de poder entre los Estados. Otros
avances, en campos tan diversos como la medicina, la metalurgia y el
magnetismo, cambiaron de innumerables formas la vida de las personas y
continúan haciéndolo a fecha de hoy. En gran medida, la civilización ha
asumido su forma actual como resultado de las tecnologías que ha acabado
utilizando.
Más difícil de discernir es la influencia de las tecnologías, en
particular las intelectuales, sobre el funcionamiento del cerebro de las
personas. Podemos ver los productos del pensamiento—obras de arte,
descubrimientos científicos, símbolos conservados en documentos—, pero
no el pensamiento mismo. Hay un montón de organismos fosilizados, pero
no hay mentes fosilizadas. «Con mucho gusto desarrollaría en gradual
calma una historia natural de la inteligencia —escribió Emerson en
1841—, pero ¿qué hombre ha sido capaz de marcar los pasos y los límites
de tan transparente esencia?».
Hoy, por fin, la niebla que ha oscurecido la interacción entre la
tecnología y la mente está empezando a disiparse. Los recientes
descubrimientos sobre la neuroplasticidad hacen más visible la esencia
del intelecto, y más fácil de marcar sus pasos y límites. Nos dicen que
las herramientas que el hombre ha utilizado para apoyar o ampliar su
sistema nervioso —aquellas tecnologías que a través de la historia han
influido en cómo encontramos, almacenamos e interpretamos la
información, en cómo dirigimos nuestra atención y empleamos nuestros
sentidos, en cómo recordamos y cómo olvidamos— han conformado la
estructura física y el funcionamiento de la mente humana. Su uso ha
fortalecido algunos circuitos neuronales y debilitado otros, ha
reforzado ciertos rasgos mentales, dejando que otros se desvanezcan. La
neuroplasticidad proporciona el eslabón perdido que nos faltaba para
comprender cómo los medios informativos y otras tecnologías
intelectuales han ejercido su influencia sobre el desarrollo de la
civilización, ayudando a orientar, a nivel biológico, la historia de la
conciencia humana. Sabemos que la forma básica del cerebro humano no ha
cambiado mucho en los últimos 40.000 años. La evolución a nivel genético
se desarrolla con una lentitud exquisita, al menos en relación con la
medida humana del tiempo. Pero también sabemos que a través de los
milenios los seres humanos han cambiado de formas de pensar y actuar
casi más allá de lo reconocible. Como observa H. G. Wells a propósito de
la humanidad en su obra "El cerebro del mundo" (1938), «su vida social,
sus costumbres, han cambiado por completo, incluso se han visto
revertidas e invertidas, mientras que su herencia genética parece haber
cambiado muy poco o nada desde finales de la Edad de Piedra». Nuestros
nuevos conocimientos acerca de la neuroplasticidad desentrañan este
enigma.
Las barreras intelectuales y conductuales establecidas por nuestro
código genético no son nada estrechas; y el volante lo llevamos
nosotros. A través de lo que hacemos y cómo lo hacemos —momento a
momento, día a día, consciente o inconscientemente— alteramos los flujos
químicos de nuestras sinapsis, cambiando efectivamente nuestros
cerebros. Y cuando pasamos nuestros hábitos de pensamiento a nuestros
hijos, a través del ejemplo que les damos, la educación que les
proporcionamos y los medios de comunicación a que están expuestos,
también les estamos pasando las modificaciones en la estructura de
nuestros cerebros.
Nicholas Carr, Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con
nuestras mentes?