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¿Qué es Real? Lo
subjetivo y lo objetivo 
Una aproximación reflexiva hacia la experiencia mística
El criterio popular presupone la existencia del hecho objetivo y sólido
como generador de la dudosa experiencia subjetiva, cuando el proceso es el
inverso y las cualidades las opuestas. La experiencia subjetiva (veo un
árbol) nos provoca la creación de una hipótesis (ahí hay un árbol). La
experiencia subjetiva es real, no hay duda de ella. En cambio la hipótesis
objetiva es fruto de una combinación de imaginación y percepción,
susceptible de error, y siempre sujeta a revisión. La existencia de la
percepción es una certeza. La existencia del hecho percibido es una
hipótesis.
Como caso particular de lo anterior, la existencia del yo es un hecho
subjetivo cierto, del que no hay duda. Sin embargo su conceptualización
como algo externo o mediante su relación con el resto de objetos del
Universo produce una descripción del yo que por objetiva es susceptible de
error. Es decir, cuando uno se observa a sí mismo, no cuando uno establece
y pone prueba hipótesis objetivas acerca de la naturaleza de uno mismo
como si se tratara de un objeto externo, sino, simplemente, cuando uno se
observa a sí mismo, obtiene una certeza de su observación.
Pero la certeza subjetiva apenas puede explicarse con palabras. No hace
referencia a la naturaleza de conceptos, o a su relación entre sí. Lo que
obtenemos mediante la experiencia subjetiva es una certeza existencial, en
la que se demuestra tautológicamente la existencia de la subjetividad. La
subjetividad demuestra la existencia de "yo", pero el "yo" que la
experiencia sensible demuestra está desprovisto de todos los atributos
salvo su propia capacidad sensible.
Sin quitar importancia al método científico basado en la creación y puesta
a prueba de hipótesis objetivas, probablemente indispensables para la
supervivencia del yo, en este texto se destaca la consciencia de la
existencia de la propia experiencia subjetiva en sí misma. Esta reflexión
permite reconocer lo que comúnmente se llaman "hechos objetivos" como
meras hipótesis.
Lo subjetivo es real, y lo objetivo imaginario
Es curiosa la popular asociación entre objetivo con real y subjetivo con
imaginario. Se habla de "hechos objetivos" y de "experiencias subjetivas".
Parece como si los hechos, objetivos, fueran reales, sólidos, probados; y
en cambio las experiencias, subjetivas, sujetas a duda, cuando no
imaginarias o distorsionadas.
El criterio popular, de igual forma, parte de la existencia del hecho
objetivo como generador de la experiencia subjetiva. Por ejemplo: ahí hay
un árbol (hecho objetivo) y por eso, yo, que miro en esa dirección, veo un
árbol (experiencia subjetiva).
Parece lógico. Si veo un árbol, será porque existe un árbol que ver. El
árbol existe, es sólido, objetivo, y en cambio mi humilde percepción es
defectuosa, subjetiva, sujeta a duda.
Las cualidades de los términos Objetivo y Subjetivo son contrarias a lo
que la gente cree.
En mi opinión, el proceso es el inverso y las cualidades las opuestas: la
experiencia subjetiva (veo un árbol) nos provoca la creación de una
hipótesis: (ahí hay un árbol).
El hecho subjetivo no necesita de prueba. El hecho subjetivo es parte del
propio "yo". En realidad, el hecho subjetivo es el propio yo, es la propia
subjetividad. La propia existencia solipsista no requiere de demostración.
El hecho objetivo, por el contrario, es realmente difícil de probar o
demostrar completamente, sin ningún tipo de dudas. De hecho es realmente
difícil llegar a acuerdos completos sobre cosa alguna. Aunque sí llegamos
a aproximaciones de consensos sumamente útiles. Sin llegar a la verdad,
tenemos certezas o explicaciones más posibles, que son el fundamento del
conocimiento científico.
Resumiendo, no tiene sentido poner en duda que yo veo un árbol, aunque sí
hay ciertas dudas acerca de si ahí hay un árbol. Expresado de otra forma:
Yo veo un árbol, vete a saber si ahí hay un árbol, yo sólo se que veo un
árbol.
¿Por qué el criterio popular asocia objetivo con real y subjetivo con
imaginario? El origen de esta confusión de términos lo podemos encontrar
en la naturaleza social del hombre y en la aplicación de la inteligencia
como herramienta de supervivencia.
Según el criterio popular, hablar de "hechos objetivos" no es hablar de
"hechos ciertos", sino hablar de "hechos reconocidos por todos". Más
correctamente, habría que hablar de "hechos reconocidos por casi todos",
ya que es muy difícil encontrar una sola cosa en la que todo el mundo esté
de acuerdo. El hecho de que exista una "realidad" (objetiva) externa,
reconocida por casi todos, es fundamental para la propia supervivencia,
independientemente de hasta que punto dicha interpretación de la
"realidad" externa sea realmente verdadera.
Cuanto más intensos a la vez que limitados vínculos sociales tengamos,
tanto más fácil es atribuir certeza a hipótesis falsas acerca del mundo en
el que vivimos. Por otra parte, tanto una breve desconexión social, como
el contacto con personas de culturas muy diferentes a la propia, nos abre
los ojos a errores en nuestra interpretación del mundo. Existen miles de
ejemplos de esto, y casi todos empiezan por "todo el mundo": "todo el
mundo elige con quien casarse"; "todo el mundo tiene al menos tanto dinero
para ocio"...
¿Por qué el criterio popular no asocia subjetivo con Real? Porque
sistemáticamente se ignora la existencia del hecho subjetivo, al menos el
de los demás y frecuentemente, el propio. Cuando se pone en duda el
supuesto hecho subjetivo, implícitamente se está poniendo en duda, no el
hecho subjetivo, sino el presunto hecho objetivo que ese hecho subjetivo
presupone. Y frecuentemente se ignora el hecho subjetivo.
Por ejemplo, si alguien cree que hemos robado algo (hecho subjetivo), es
común centrar el interés en el hipotético hecho objetivo que esto
manifiesta, e intentar "demostrar" (argumentar) que somos inocentes de tal
cargo (hecho objetivo). Pero para hacerlo deberemos convencer a un jurado
de nuestra inocencia (hecho subjetivo). Unos y otros buscamos el hecho
objetivo presuponiendo su existencia y sin poder acercarnos a él más que
desde la subjetividad.
Pero también podríamos centrar nuestra atención en el hecho subjetivo, es
decir, en nosotros mismos. Podemos centrar la atención en la propia
percepción de nuestra inocencia. En la paz interior que ésta produce.
Argumentando nuestra inocencia y sin dejar de defendernos. Pero
simultáneamente, sin permitir que el resultado del juicio nos afecte. Es
decir, cuando esto, en última instancia, nos resulte indiferente; cuando
experimentemos indiferencia por los siempre dudosos hechos objetivos y nos
centremos en la subjetividad, pero sin dejar de actuar coherentemente en
el mundo objetivo, paradójicamente seremos capaces de transmitir a la
subjetividad ajena nuestra inocencia de una forma mucho más profunda que
con "hechos" y "pruebas".
Otro ejemplo de situación en la que se ignora el hecho subjetivo es una
discusión. Cuando dos personas comparten opiniones opuestas, y se crea un
malestar, y hasta un sentimiento de desesperación en la incomprensión,
esto es resultado del intento de convertir en subjetivo para el otro
nuestra propia subjetividad, pero yendo de una a otra por un camino lleno
de trampas: el camino de las palabras, el camino de los hechos objetivos.
Si dos personas discuten y se produce una tensión desagradable, estas dos
personas están hablando de cosas distintas.
Los mundos de Karl Popper
En su libro En busca de un mundo mejor, en el primero de sus artículos (El
conocimiento y la configuración de la realidad), Popper habla de tres
mundos. El mundo 1, el material; el mundo 2, el de la experiencia, y el
mundo 3, el de los productos de la mente humana.
Como comenta Popper, parece evidente que el mundo 1 es el creador del
mundo 2. Sin duda el mundo 1 es el más "sólido", por su naturaleza
material. Pero en mi opinión no es el más real.
En mi opinión, aunque todo parece indicar que el mundo 1 provoca la
creación del mundo 2, es el mundo 2 el lugar desde el cual podemos
permitirnos suponer la existencia del mundo 1. Es decir, nuestra
percepción, sensibilidad, subjetividad, yo, ego, o como queramos llamarlo,
es lo que nos permite suponer la existencia del mundo material. Esta
suposición acerca de la existencia del mundo material es útil para la
supervivencia -del yo-, pero nos puede alejar de la propia subjetividad,
nos puede alejar de la auténtica realidad, pudiendo llevarnos al extremo
de creer a ciegas en el hipotético mundo material consensuado y olvidarnos
totalmente de nosotros mismos.
Frecuentemente es mucho más fácil reconocer la falta de realidad auténtica
de los objetos del mundo 3: el de los productos de la mente humana, aunque
no falta quien, por el contrario, les asigna aún mas realidad que a los
objetos físicos. El dinero no es un objeto material, es un concepto con
muy diversos soportes materiales. El dinero tiene valor porque el resto de
personas está dispuesto a cambiarlo por cosas. Pero los billetes no se
pueden comer.
Asignar realidad a los objetos materiales del mundo 1 está más que
justificado por la cantidad de veces que nos chocamos con la materia. Pero
a pesar de ser reales tanto el concepto "dinero" del mundo 3 como el papel
que con el que este dinero está representado, y que es parte del mundo 1,
el auténtico mundo real es el mundo 2, el de la subjetividad; en el
ejemplo, el mundo de las sensaciones que nos produce el dinero o su falta
de él. Esta idea no está tan extendida, y puede ser debido a que la
omnipresencia de la subjetividad la convierte en invisible. Probablemente,
las sensaciones recibidas cuando nos chocamos con los sentimientos son tan
fuertes que no nos permiten reflexionar sobre ellas.
Para cada uno de nosotros, el (mundo) Único Real es la subjetividad, la
experiencia sensible, la experiencia subjetiva. No podemos ponerla en
duda, no implica una relación con otra cosa. Es. Si yo siento frío, no
puedo poner en duda el hecho de que yo siento frío. Otra cosa distinta es
que cuando yo sienta frío, la temperatura ambiente corresponda con aquella
que comúnmente se considera fría. Si yo veo una vaca no puedo asegurar que
eso sea una vaca, lo que es seguro es que a mi, en este momento, me parece
una vaca.
Personalmente puedo reconocer que tal vez exista una realidad objetiva:
por ahora no tengo forma de saber si esto es cierto o no. Pero no puedo
asumir que existan "puntos de vista objetivos". Todos los puntos de vista
son subjetivos. Todas las afirmaciones se dan en un contexto y cualquier
creencia puede ser puesta en duda (paradójicamente, incluso esta misma
afirmación). La única realidad sin duda es: "yo siento", y es indudable,
pero sólo para mí.
Perder el "yo" parece que sería la única forma de llegar a la hipotética
objetividad. Parece un juego de palabras (y lo es) pero si consiguiera
"observar sin tener un punto de vista", captaría hechos objetivos.
Observando sin un "yo", es decir, sin un punto de vista, los propios
hechos objetivos se observarían a sí mismos sin ningún tipo de distorsión.
Ahora bien ¿Ha conseguido alguien alguna vez "observar sin tener un punto
de vista"? Si lo hizo, él no estaba. Si nos lo cuenta, nos lo cuenta quien
no lo hizo, pues no lo hizo nadie. Olvidando estos trabalenguas, pensemos
en algo más cercano: observar una realidad tratando de minimizar nuestro
punto de vista, evitando opiniones y prejuicios, evitando los propios
intereses y evitando juzgar al otro. Esto es más parecido a observar sin
tener un punto de vista.
Tantos universos como subjetividades
Hay una metáfora que puede ayudarnos a entender el concepto de la
subjetividad. Imaginemos que existe no uno sino multitud de universos
(podríamos llamarlos mundos, para tratar de ser mas exactos, todos
idénticos y conteniendo cada uno de ellos todos los objetos del universo,
existiendo una copia de estos universos por cada subjetividad (una copia
por cada observador). Si yo rompo un jarrón en mi universo, el jarrón se
rompe en todos los universos simultáneamente. Si yo recibo una carta, la
recibo en todos los universos. Mi persona física está copiada en todos los
universos, pero yo sólo estoy en uno de ellos. Hay un universo que es
excepcional, que para mí es diferente de todos los demás: es el universo
en el que estoy yo. Y no sólo esto: me encuentro solo en mi universo, y no
conozco ninguna forma de saltar a otro universo, de ver las cosas como las
ve otra persona, de convertirme o fusionarme con otra subjetividad. Esta
idea ilustra el hecho de que, aun existiendo una supuesta realidad
objetiva común para todos, existen tantas realidades subjetivas como
observadores.
La anterior metáfora de los multi-versos destaca las grandes diferencias
entre la subjetividad y la materia, y puede ser útil para entender la
existencia de una multiplicidad de subjetividades separadas unas de otras,
y su relación con lo material. Pero no es suficiente como explicación de
la realidad, ya que faltan algunos elementos. Unos y otros "universos"
poseen la misma estructura material, pero la subjetividad no interacciona
directamente con la materia. Podríamos identificar otras capas que podemos
llamar: "sentimientos", "personalidad", "mente", "cerebro" y "cuerpo".
Algunas de estas capas que rodean a la subjetividad sí son diferentes en
cada uno de los universos. Un buen ejemplo son los sueños. Cuando una
persona sueña, su subjetividad tiene unos sentimientos y vive unas
experiencias (subjetivas) que no existen en ninguno de los otros
universos.
Analogías de la subjetividad
El sentido en el que empleamos ciertas expresiones puede servir para
ilustrar la idea de la subjetividad. Por ejemplo, es llamativa la
diferencia que existe entre "confiar en alguien" y "confiar en uno mismo"
aunque ambas expresiones conjuguen el mismo verbo.
Podemos encontrar una analogía interesante de la subjetividad
reflexionando sobre la relatividad del movimiento. Es frecuente haber
experimentado la extraña sensación que se obtiene cuando, después de estar
un rato detenido en una vía de tren, dentro de un vagón, y dando la
casualidad de que existe otro tren y vagón también detenido en la vía
contigua muy próximo a nosotros, de forma que incluso podemos ver a los
pasajeros del tren que debe circular en el sentido contrario al nuestro, y
expresamos "por fin nos movemos" cuando observamos el movimiento de
nuestro vagón respecto del vagón de la otra vía, pero posteriormente nos
damos cuenta de que es el otro vagón el que está en movimiento, y nosotros
seguimos detenidos.
En cuanto al concepto de relatividad del movimiento podemos identificar
inicialmente tres etapas históricas:
a) El Sol gira alrededor de la Tierra
b) La Tierra gira alrededor del Sol
c) El movimiento entre ambos es relativo
No es lógico detenerse en este punto, sino llegar a:
d) El movimiento entre ambos es relativo, pero si incluimos más elementos
en el sistema tiene más sentido decir que es la Tierra la que gira
alrededor del Sol.
e) El movimiento entre ambos es relativo; si incluimos más elementos en el
sistema tiene más sentido decir que es la Tierra la que gira alrededor del
Sol. De todas formas, yo veo que el Sol sale por Oriente y se pone en
Occidente.
Es decir, tratar el propio punto de referencia como uno más es adecuado,
pero no debemos olvidar que no es un punto de referencia cualquiera: es el
propio.
Cuando el árbol soy yo mismo
"Yo" es un filtro a través del cual se produce todo. Entre otras cosas,
"yo" es un filtro a través del cual se produce todo el conocimiento
científico. Y es bastante razonable tener serias dudas acerca de que es
"yo".
En matemáticas abundan las situaciones en las cuales la recursividad (la
auto-referencia) provoca inconsistencias que generan la necesidad de un
cambio de paradigma, de una nueva forma de ver las cosas, más elevada que
la anterior.
Este es un precedente que nos advierte de las posibles situaciones
extrañas que podemos encontrar al aplicar la recursividad en otros
contextos.
Volviendo al tema de la percepción y la subjetividad, y aplicando la
recursividad, observamos que se produce una curiosa situación cuando el
hecho (subjetivo u objetivo) es la propia subjetividad, el propio "yo".
Es decir, mi propia subjetividad se puede analizar desde un aspecto
objetivo o subjetivo. Antes hablábamos de:
Veo un árbol (Hecho subjetivo)
Ahí hay un árbol (Hecho objetivo)
y concluíamos que el hecho subjetivo no estaba sujeto a duda, y en cambio
el hecho objetivo si. Cuando el hecho es el propio yo, nos queda la
siguiente situación extraña:
Yo existo (Hecho subjetivo)
Yo existo (Hecho objetivo)
La idea puede entenderse mejor si declaramos:
Yo creo que existo (Hecho subjetivo)
La gente cree que yo existo (Hecho objetivo)
El hecho subjetivo sigue sin estar sujeto a duda: si yo creo (cualquier
cosa), sin duda, yo creo que existo. La propia subjetividad existe, esto
es, de la misma forma que las percepciones de la subjetividad no se ponen
en duda, la propia subjetividad tampoco.
Por otra parte, en cuanto al hecho objetivo, vuelve a suceder lo mismo y
aquí es donde nos encontramos con el gran problema, paradoja o necesidad
de cambio de paradigma. El hecho objetivo sigue sin ser probado, sigue
sujeto a duda. Es decir, yo existo, pero ¿Quién soy yo?
¿Quién soy yo?
Si pensamos en el "yo" como en un concepto objetivo, el origen de esta
duda es el mismo que el origen de la duda de la existencia objetiva de
cualquier objeto que conocemos a partir de su percepción subjetiva. La
percepción está sujeta a error, los defectos en la vista, oído, etc hacen
que las personas perciban de forma diferente.
De todas formas, las coincidencias entre las descripciones de lo que nos
rodea son tantas que parece que podríamos estar razonablemente seguros de
que estamos describiendo es una misma "realidad". Independientemente de
que sea o no una auténtica realidad, la descripción de la "realidad
exterior" según el criterio común es fundamental desde el punto de vista
de la supervivencia del individuo, y esto hace que en la práctica la
consideremos como realidad auténtica. Sin embargo, aunque se trate de una
"misma realidad", esto no quiere decir que la realidad percibida, aún
siendo consensuada, sea Real. La realidad percibida es percepción, no es
realidad, aún en el caso de que "todos" percibamos lo mismo.
La "realidad exterior" convencional no es Real (con mayúscula). Es decir,
las descripciones de lo que nos rodea por parte de cada subjetividad
convergen, más o menos, hacia una presunta realidad común uniforme, al
menos en muchos aspectos. Esto nos permite, en algunos casos, hablar de
las "mismas cosas" y entendernos, independientemente de si aquello de lo
que hablamos es real.
El hecho de que hablemos de las mismas cosas no quiere decir que sean
reales. Por ejemplo, cientos de personas viendo una película de cine
pueden molestar a sus compañeros de butaca hablando de lo que ven, y
realizando comentarios sobre la película, los personajes y sus
motivaciones. A pesar de coincidir en sus percepciones, esta "realidad
exterior" de la que hablan no la podemos considerar Real. De igual forma,
en esta figura, a "todos" nos parece que los círculos se mueven, pero
sabemos que no lo hacen.
Tan importante se considera el consenso en cuanto a la realidad exterior,
que existen personas (científicos) dedicadas a establecer descripciones y
explicaciones coherentes de este "exterior", experimentando, demostrando y
divulgando, estableciendo teorías que puedan convencer tanto a los hechos
como a las personas. Primero se pone a prueba la teoría enfrentándola a
los hechos materiales mediante una estructura lógica matemática. Con esto
queda "demostrada" la teoría, y el siguiente paso es enfrentarla al
criterio de los seres humanos, "divulgarla" y convencer. Frecuentemente
las personas son mucho más difíciles de "convencer" que los "hechos"
materiales y los teoremas previos.
Sin duda el método es útil y cada vez que se aplica todo parece confirmar
una y otra vez que la realidad (material) que nos rodea es una (o al menos
se comporta como tal) y que todas las diferencias en su interpretación son
debidas a incoherencias de los observadores, es decir, de nosotros mismos,
y no de la "realidad exterior". Esto funciona bien con cosas materiales,
con cosas ajenas a uno mismo, pero no con uno mismo. Cuanto más nos
acercamos a lo más íntimo de uno mismo, desde el cuerpo, el cerebro y la
mente, pasando por la personalidad psicológica y los sentimientos hasta el
yo subjetivo, tanto menos útil es el método científico, y en cambio más
útil es la atención consciente y serena sobre uno mismo.
Suponer que uno mismo es un objeto externo observable y medible
científicamente, es ignorar la cualidad esencial de la auto-observación.
Digamos que hay dos formas de auto-observarse, una es entendiendo el yo
como un hecho objetivo y otra es entendiendo el yo como un hecho
subjetivo. Nuestra costumbre objetivista, totalmente razonable, útil e
inteligente, nos puede hacer olvidar la radicalmente distinta y poderosa
cualidad de la subjetividad. No es necesario poner en duda la subjetividad
como ocurre con lo objetivo. La subjetividad siempre es verdadera.
Dicho de otra forma: auto-observarse suponiendo que uno mismo es algo
ajeno a uno mismo es una forma un tanto extraña de auto-observarse.
Al igual que las personas perciben objetos y colores de forma diferente,
la auto-percepción es muy susceptible de error. Por ejemplo, uno cree ser
de una forma cuando los demás le observan de otra. Una persona puede
engañarse a si misma acerca de sus defectos o virtudes. Por tanto, una
persona puede engañarse a si misma en cuanto a la propia naturaleza de si
misma. De igual forma, es realmente complicado acertar a la hora de
establecer juicios sobre los otros. A la ciencia le resulta complicado
establecer si alguien es egoísta, compasivo o celoso. El hecho subjetivo
del yo nos indica que el yo existe. Pero no nos habla de cómo es ese yo.
Nuestra percepción de ese yo puede ser totalmente incorrecta. Si
simplemente analizamos el yo buscando un hecho objetivo, no podremos salir
nunca de esta falta de seguridad acerca de la auténtica naturaleza del yo.
Pero como el yo auténtico no es susceptible de duda, el yo psicológico, el
yo como personalidad no es el auténtico yo.
¿Cómo reconocer el auténtico yo subjetivo? Para conseguirlo es necesario
desprenderse del "yo objetivo" para poder observarlo y dejar sólo el "yo
subjetivo". Efectivamente, todo esto es algo muy confuso. Por decirlo de
otra forma: el yo (auténtico) es el yo subjetivo. Pero el yo subjetivo es
algo muy extraño, y no incluye la propia personalidad, aunque se encuentre
cercano a ella. Cuando los místicos, o quienes interpretan sus palabras,
intentan transmitir sus métodos para centrar la atención en el yo
subjetivo (o en la conciencia, o en Dios), hablan de "reducir el yo a su
mínima expresión" o de "ampliar el yo hasta abarcar todo lo existente". A
pesar de la contradicción entre ambas ideas, indican la misma cosa.
Podremos saber quienes somos -subjetivamente- cuando dejemos de serlo
-objetivamente-. Podremos saber quienes somos cuando deshojemos el "yo" de
todos sus atributos salvo la propia experiencia subjetiva. Al hacerlo,
todas las subjetividades se convierten en Uno. En brotes de una misma
cosa. En ese punto no se pueden establecer diferencias entre "yo" y
"todo", experimentando algo que podemos llamar Unidad, Tao, Amor o Dios.
El decir que todas las subjetividades son en definitiva Una es sin duda
una conclusión precipitada para este texto, basado en argumentos
intelectuales. Lo íntimo de las sensaciones como el placer y el dolor son
un buen argumento en contra. Si los demás no sienten lo mismo que siento
yo ¿cómo se puede argumentar que en última instancia unos y otros somos lo
mismo? Sin embargo, podemos encontrar un nivel de "yo" aún más profundo
que el nivel de sentimientos específicos, que es el nivel de "yo" de la
propia existencia (de algo, por ejemplo, la existencia de unos
sentimientos concretos). Tautológicamente, todas las entidades sensibles
tenemos en común nuestra sensibilidad. Desde este planteamiento, todo el
universo es sensibilidad, subjetividad pura, y cada uno de nosotros
participa en ella en cierta forma con su propia sensibilidad.
Cuando digo "todo el universo es sensibilidad, subjetividad pura" me
refiero al universo Real, es decir, al universo de las subjetividades, al
único real, al único existente. No sabemos nada de la materia. Hablamos de
ella, pero es algo totalmente ajeno a nosotros. Nosotros sólo sabemos de
subjetividad, de sentimientos, de sensaciones. Este es nuestro universo, y
para nosotros, el único.
El sol, que es espíritu, se separa en rayos al topar con las ventanas,
que son cuerpos.
Cuando contemplas el disco solar, es uno, pero quien sólo pueda percibir
sus cuerpos cae en la duda.
La pluralidad se haya en el espíritu animal; el espíritu humano es una
sola esencia.
Dado que Dios difundió su luz sobre la humanidad, los seres humanos son
esencialmente uno.
En realidad, Su luz nunca se ha separado de ella.
Jalal al-Din Rumi. (Masnavi II, 186-189).
Por otra parte, si bien es cierto que quienes dicen experimentar la
subjetividad en grado profundo afirman sentir la integración con todo lo
existente, tal vez este sentimiento se encuentre circunscrito al propio
cerebro y represente únicamente la integración de las múltiples
personalidades existentes en la mente, es decir, la fusión del consciente
con el inconsciente (por simplificar, se supondrán sólo estas dos), tal
como argumenta Timothy Ferris en El firmamento de la mente, y no la fusión
con el resto de subjetividades de otras personas, en otros cuerpos.
De todas formas, en una misma mente y cerebro podría existir más de una
subjetividad (al menos consciente e inconsciente) y parece lógico que el
fusionar distintas subjetividades en un mismo cerebro sea un paso previo
antes de pasar a la fusión con las de otros cerebros. El hecho de que la
experiencia mística suponga la integración de consciente e inconsciente no
implica que la experiencia sea sólo eso.
La subjetividad y el problema de la Inteligencia Artificial (o Test de
Turing)
Se acerca el día en el que la tecnología pueda crear robots o simulaciones
de seres humanos capaces de engañar a nuestros sentidos. Pero no hace
falta que ese día llegue, para que podamos experimentar el conflicto que
esto puede suponer.
Como proponía Turing, podemos jugar a lo siguiente. Muchos de nosotros
estamos acostumbrados a navegar por Internet, enviar correos electrónicos
y conversar con personas a las que a veces no hemos visto nunca
físicamente. Tal vez alguna de las personas con las que creemos estar
hablando sea realmente un software que gracias a que posee una cierta
inteligencia creada artificialmente por un grupo de programadores, es
capaz de responder a nuestras preguntas y mantener con nosotros algo
parecido a una conversación.
En el juego original en el que se inspiró Turing, se trataba de descubrir
si lo que había al otro lado de la línea era hombre o mujer, así como de
intentar que el otro no descubriera el propio sexo. En el caso que nos
ocupa, aparentemente se trata de descubrir si lo que hay al otro lado es
Hombre o Máquina, y de crear programas de computadora (máquinas) capaces
de engañar acerca de su propia naturaleza. Pero a continuación veremos que
no es simplemente eso.
Es posible que la entidad que se comunica con nosotros a través de la red
de computadoras, y de la cual no sabemos si es hombre -o mujer-, o en
cambio, una inteligencia artificial, tenga un problema, nos pida ayuda,
apele a nuestra misericordia o a nuestra ética para que hagamos algo por
él, ella o ello. Podemos pensar que en este caso, para poder tomar una
decisión, lo que nos interesa es ser capaces de distinguir entre personas
y máquinas, pero esto sería presuponer que las máquinas no poseen una
subjetividad y que por tanto no son susceptibles de tener intereses y de
sufrir por su falta de realización.
Lo que en realidad necesitamos es un mecanismo para saber si la entidad
con la que nos estamos comunicando posee una subjetividad, ya sea hombre,
mujer, animal, máquina, planta o bacteria. Pero no sólo esto, también
deberíamos intentar descubrir si lo que nosotros creemos que la entidad
está experimentando coincide con lo que realmente está experimentando. Es
decir, una cosa es que una entidad tenga una subjetividad, y otra cosa es
que teniendo esa subjetividad, esté sufriendo la falta de satisfacción de
sus necesidades de la forma en la que dice y nosotros entendemos que se
está produciendo. Pudiera ser que la entidad mintiera o que se expresara
en un lenguaje que nosotros no pudiéramos entender.
Suponer que todas las subjetividades son, en última instancia, "Uno", es
una hipótesis de trabajo muy útil para resolver el problema de poner a
prueba la subjetividad ajena, por ejemplo, para descubrir si una máquina
es susceptible de tener intereses y/o sufrir por ellos, y por tanto es
susceptible de tener derechos y de que estos sean vulnerados, esto es,
saber si es susceptible de entrar en nuestro universo moral; para que
seamos capaces de decidir si moralmente debemos o no respetar los derechos
de una maquina que afirma tener sentimientos y que pide que no la
desconectemos.
No podemos estar seguros de la subjetividad de un ordenador por la misma
razón por la cual no podemos estar seguros de la subjetividad de cualquier
cosa objetiva, ajena a nosotros mismos, ya sea una máquina, una bacteria,
un gato o un amigo. La única forma de estar seguros de la subjetividad de
algo ajeno es ser ese algo, que por tanto deja de ser ajeno. Por esta
razón, la presunción de una posible fusión de subjetividades no es sólo
una hipótesis prometedora para solucionar el problema del Test de Turing.
Es una hipótesis necesaria: si las subjetividades no se funden de alguna
forma, no será posible tener una certeza acerca de la existencia o no de
la subjetividad ajena.
Es posible que el desarrollo de la propia subjetividad, que también
podemos llamar "desarrollo de la propia consciencia" sea el camino por el
que podamos llegar a la fusión con el resto de subjetividades o en alguna
suerte de conexión intensa de algún tipo sustancialmente diferente a lo
que habitualmente conocemos, que finalmente nos permita reconocer la
subjetividad ajena.
La actitud de servicio a los demás, o la empatía con sus estados de ánimo,
especialmente entre familiares, pueden ser manifestaciones de una
capacidad, aunque sea mínima, de una fusión de subjetividades, preludio de
un nuevo hombre integrado al que la evolución nos lleva.
Manuel de la Herrán Gascón, Arena Sensible
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