Confianza, miedo y transformación

 

Tras haber encontrado una fuente de fuerza y de salud en su interior, quienes han aprendido a confiar en sí mismos, sienten que pueden más fácilmente confiar en los demás. Los cínicos, que no creen en la posibilidad de cambio, suelen ser también cínicos consigo mismos y con respecto a sus propias posibilidades de cambiar y mejorar. Como veremos, toda transformación necesita un mínimo de confianza.

 

Puede asaltarnos el miedo a perder el control. O bien la sospecha de que vamos a tropezamos en nuestro interior con las oscuras fuerzas inconscientes que describen Freud y las doctrinas religiosas. Puede que nos preocupe la amenaza de ir a parar demasiado lejos de nuestros familiares y amigos, y al final, encontrarnos solos.

 

Y también sentimos un miedo apreciable frente a la posibilidad de que se cumplan nuestras esperanzas.

Consideramos tal cosa un poco como un truco de prestidigitación, y damos vueltas en torno suyo una y otra vez, metiendo la mano en sus bolsillos, o tratando de ver dónde hay dobles fondos o espejos escondidos. Cuanto más sutiles somos, tanto más suspicaces nos volvemos. Después de todo, a estas alturas, ya sea en el juego o en la propaganda política, en la lucha por «una buena causa» o en el caprichoso peloteo de la publicidad, todos hemos saboreado la decepción, propia o ajena, en formas muy distintas. Muchas veces ya antes de ahora, nos hemos sentido decepcionados, nos han timado con promesas que parecían, y eran, demasiado buenas para ser verdad. Y es indudable, además, que el oro escondido de la transformación ha atraído e inspirado a toda una generación de farsantes.

El nuevo muestrario de posibilidades se nos antoja demasiado rico y variado; sus promesas, demasiado ilimitadas. Convertimos entonces nuestros temores y preocupaciones en barreras de auto-protección; con el tiempo, hemos aprendido a identificarnos con nuestros propios límites. Y ahora, recelosos ante la promesa de un oasis, defendemos las virtudes del desierto.

«La verdad es, dice Russell Baker, columnista del New York Times, que casi nunca me siento bien ni quiero sentirme bien tampoco. Más aún, no llego a comprender por qué alguien querría sentirse bien.» Es perfectamente normal no sentirse bien, dice. En nuestro repertorio de prejuicios culturales, figura la convicción de que la infelicidad es señal de sensibilidad e inteligencia. «Aprendemos a saborear las cicatrices del remordimiento, dice Theodor Roszak, basta que finalmente acabamos basando en ellas toda nuestra identidad. Esto es lo que a muchos de nosotros nos parece más "serio" en definitiva, lo realmente sólido como una roca: esa adusta resignación, esa candidez teñida de ictericia... Acabamos por creer que nuestra más íntima realidad es el pecado... La desconfianza de sí mismo vuelve a la gente vulnerable y obediente con más eficacia que una fuerza policial.» Quienes se inquietan pensando que las nuevas ideas van a sacudir la cultura hasta sus raíces tienen razón, dice. Nuestra conformidad hasta ahora se debía en parte al miedo a nosotros mismos, a la duda sobre la rectitud de nuestras propias decisiones.

El proceso de transformación, aunque al principio se sienta como algo extraño, pronto se revela como irrevocablemente acertado. Sean cuales sean las impresiones negativas iniciales, la entrega personal no se cuestiona una vez que hemos palpado algo que creíamos haber perdido para siempre: el camino de vuelta a casa.


Y una vez que el viaje ha comenzado en serio, nada puede disuadirnos de él. Ningún movimiento político, ninguna organización religiosa podrían pedir mayor lealtad. Es un compromiso con la vida misma, una segunda ocasión de encontrarle un sentido.

Marilyn Ferguson, La conspiración de Acuario, 1980


 


 

 



 

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Última modificación de la página:17/12/2011

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